Misericordia y no sacrificio

Era el año 2017. Me encontraba trabajando en una gran compañía; gozaba de una economía estable y próspera. Paralelamente, nuestro emprendimiento familiar de comidas, que funcionaba como un proyecto secundario, empezaba a crecer de forma constante. Ya éramos conocidos por una técnica innovadora para ese momento. Todo fluía bien, económicamente hablando.

En ese mismo tiempo éramos miembros activos de una iglesia: servidores en un “ministerio”, fieles diezmadores porque así lo enseñaba la tradición, y porque pastores, apóstoles y profetas lo ratificaban. Nada ni nadie podía atreverse a cuestionar los “mandatos del Señor”, su juicio o la maldición que, según se enseñaba, caía sobre aquel que osara siquiera hablar del enigma del diezmo.

En la ruleta económica, como le ocurre a muchos, a veces estábamos arriba, otras en la mitad y muchas veces abajo.

En esa época conocíamos personas, amigos y familiares, que atravesaban dificultades económicas. Y cada semana surgía la misma inquietud:

¿Este dinero que tengo destinado como diezmo debería ir para esta persona o para aquella otra? ¿O realmente debe ir exclusivamente a la iglesia?

Siempre con la duda silenciosa de si eso era lo que Dios realmente quería, o si simplemente estábamos obedeciendo por efecto rebaño. Pero esos pensamientos se callaban rápido al recordar las enseñanzas repetidas una y otra vez:

“Si robas a Dios, Dios te maldecirá.” Malaquías 3:7–9.

¿Y quién, en sus cinco sentidos, querría estar bajo la maldición de Dios?

Aun así, la inquietud crecía. Cada vez me costaba más entregar ese dinero “sagradamente” cada domingo. No porque fuera tacaño, todo lo contrario, siempre he sido una persona dadivosa y generosa, sino porque me sentía incómodo sabiendo que esos recursos podían administrarse de una forma que, a mi parecer, respondía mejor a las necesidades reales que veía de cerca.

Pasaron los años y llegó el 2020… y con él, el COVID-19.

Una pandemia que nos encerró por meses y nos puso a todos al mismo nivel: ricos y pobres, sanos y enfermos, líderes y simples ovejas.

Con la pandemia llegaron más necesidades. La economía se desplomó; muchos perdieron sus empleos y empresas. Gracias a Dios, nosotros seguimos produciendo; nos reinventamos y seguimos adelante, pero muchas personas cercanas no corrieron con la misma suerte.

Y aquella inquietud que años atrás me incomodaba, ahora ardía con más fuerza:

¿Es realmente el diezmo una figura aplicable hoy?

Veía necesidades cercanas: amigos, familiares, personas sin hogar pasando frente a mi puerta pidiendo algo de comer.

Y empecé a preguntarle a Dios, con total honestidad: ¿Esto es real?, ¿De verdad eres ese Dios que castiga y maldice a las personas por no llevar el dinero del diezmo a la iglesia?

Y como suele hacerlo, Él empezó a responder.

En medio del encierro me acerqué más a Él: oraba más, descansaba más, fortalecí mi relación con Él y me propuse conocerlo mejor. No me cabía en la cabeza la idea de un Dios necesitado de recursos económicos, cuando es el creador de todo.

Una madrugada, leyendo la Escritura, Él me llevó a un paisaje que inquietó mi mente:

“Como no había otro alimento disponible, el sacerdote le dio el pan sagrado: el pan de la Presencia que se ponía delante del Señor en el tabernáculo.” 1 Samuel 21:6.

Mi mente se detuvo ahí. ¿Cómo es que David comió el pan de la proposición y no hubo castigo? ¿No murió?¡Pero David no era sacerdote!

Según la ley mosaica, esto era una profanación absoluta de lo santo. Y sin embargo, no hubo juicio. Algo se reinició en mí. Pensé: quizá Dios no está tan preocupado por el ritual como por la misericordia.

Días después, leyendo el evangelio de Mateo, capítulo 12, Jesús mismo citó ese pasaje y confirmó lo que venía discerniendo: Él está más interesado en la misericordia que en el sacrificio. Pero la enseñanza del diezmo seguía rondando mi cabeza.

Otra madrugada, leyendo el evangelio de Marcos, capítulo 7, encontré estas palabras:

“Ustedes pasan por alto la ley de Dios y la reemplazan con su propia tradición…” Marcos 7:8–13.

Ahí entendí que muchas enseñanzas que había escuchado durante 25 o 30 años, criado en un hogar cristiano, formado en estudios bíblicos, repitiendo credos, empezaban a derrumbarse.

Oré y pedí al Espíritu Santo que me ayudara a entender. No quería torcer la Escritura ni contaminar la sana enseñanza; me sentía sin respuestas y, peor aún, sin alguien con quien hablar sin que ya tuviera una posición tomada sobre el tema.

Decidí entonces centrar mi oración en escuchar directamente a Dios. Y los días siguientes estuvieron marcados por una palabra constante: misericordia, tan necesaria en aquel tiempo difícil que todos estábamos atravesando.

La semana siguiente, como familia, tomamos una decisión: no enviar el dinero a la iglesia y comenzar a sembrarlo directamente en personas que lo necesitaban con urgencia. La iglesia estaba cerrada; asumimos que, si había una buena administración, existirían fondos de emergencia para cubrir renta, pastores y demás gastos.

Con mi esposa comenzamos a cocinar en casa y a salir a entregar almuerzos. No eran muchos, pero sabíamos que para alguien significarían alivio ese día. Nos sentíamos bien… y digo nos, porque ella ha estado conmigo en cada inquietud espiritual y moral, acompañándome y aterrizándome cuando la cometa se eleva demasiado alto.

Claro, aparecieron los pensamientos normales de un adoctrinamiento profundo:

—Recuerda lo que te enseñaron.

—Si no envías el dinero del diezmo a la iglesia, estás robando a Dios.

—Y entrarás en maldición.

Cuando esos pensamientos resonaron con más fuerza, hice lo único que sabía hacer: orar. La respuesta llegó clara, dulce y llena de confirmación:

“Pero Cristo nos ha rescatado de la maldición dictada en la ley.” Gálatas 3:13.

Y entonces lo entendí: toda maldición fue anulada en la cruz. Incluida la maldición asociada al diezmo.

Un peso enorme cayó de mis hombros. Comprendí que el Dios que subió al madero por mí no me maldeciría por no llevar un diez por ciento matemático de cada cheque a la iglesia.

A partir de ahí me propuse buscar una dirección más clara sobre el manejo del dinero y sobre lo que Jesús enseñó realmente acerca de los recursos. Él empezó a traer a mi vida pasajes que, hasta el día de hoy, siguen guiando nuestra forma de administrar.

Y así entendimos que sembrar no era un tema matemático ni un porcentaje fijo, sino un tema de mayordomía. Que no porque algo se haga por costumbre significa que sea ley. Que lo que a veces llamamos “sagrado” no pesa más que la misericordia. Que si en ocasiones debíamos dar más, lo haríamos con el mismo amor; y que si por alguna circunstancia no podíamos sembrar tan generosamente, también era válido. Lo importante es sembrar de corazón.

Entendimos también que si hay necesidades en la comunidad donde nos congregamos, debemos ayudar a suplirlas, no por compromiso ni presión, sino por una decisión de amor. Que muchas veces somos nosotros la respuesta a la oración de alguien a través de una siembra, y que un corazón agradecido siempre será un corazón generoso.

“Misericordia quiero y no sacrificio.”

Y como todo en Él tiene un orden, comprendimos algo más: debemos velar primero por las necesidades de nuestra familia, luego por nuestros familiares, y después… el resto, Él lo irá revelando.