En los procesos de reforestación existe algo llamado zona de estrés.
Este término, acuñado por reforestadores, describe las condiciones físicas y atmosféricas del terreno que está por ser reforestado: climas extremos, vientos fuertes, sol abrasador, escasez de agua.
No es el escenario ideal para plantar árboles, especialmente en laderas expuestas.
Y sin embargo, es precisamente ese entorno el que obliga al árbol a crecer de forma más fuerte y profunda si desea permanecer.
No todos los árboles sobreviven en la zona de estrés, pero los que lo logran, no crecen débiles ni frágiles. Crecen firmes, anchos, altos y con el tiempo se expanden y terminan ofreciendo sombra a otros.
En el Salmo 1, el autor nos compara con “árboles plantados a la orilla de un río, que dan su fruto a su tiempo. Sus hojas no se marchitan, y todo lo que hacen prospera”.
Pero al igual que en la reforestación, un árbol plantado junto al río no vive libre de adversidades. A lo largo de su vida enfrenta condiciones duras, propias del crecimiento real.
Por ejemplo:
La erosión del suelo.
La fuerza constante del agua golpeando el terreno hace que las raíces queden expuestas, inestables, con riesgo de caída. Por eso estos árboles no pueden darse el lujo de tener raíces superficiales. Sus raíces deben ser profundas.
Las inundaciones repentinas.
El río no siempre es manso. Cuando el suelo se satura de agua, el oxígeno desaparece. La raíz entra en estrés y comienza la asfixia. Es importante recordar que la raíz no solo absorbe agua sino que también respira. Cuando falta oxígeno, su metabolismo se frena, no puede absorber minerales y comienza a “pasar hambre”, aun estando rodeada de agua. Paradójicamente, muchas plantas mueren por exceso de agua, no por falta de ella. No toda cercanía a la fuente garantiza vida.
Los vientos fuertes.
Las riberas suelen ser zonas abiertas con poca protección. El viento ejerce presión constante sobre el tronco y genera tensión estructural. Si el tronco no es fuerte y flexible, y las raíces no son profundas, el árbol puede quebrarse, pero cuando hay profundidad, el viento no destruye, fortalece.
Los suelos inestables y cambiantes.
En una crecida o en una sequía, el terreno cambia. Un día es arena, otro día es piedra.
No hay comodidad permanente. Por eso aquí no crece un árbol cómodo; crece un árbol adaptable.
Cuando el salmista nos compara con árboles plantados a la orilla de un río, no promete ausencia de presión ni un crecimiento fácil. Lo que revela es la estabilidad de quien está plantado en el lugar correcto. Quien permanece conectado a la fuente, a su tiempo dará fruto. Sus hojas no caerán porque hay acceso constante a la vida,
y todo lo que haga prosperará, después del proceso.
Jesús fue claro con sus discípulos: el mundo no sería un entorno cómodo. La fe no nos aísla de la aflicción; nos enseña a permanecer en medio de ella.
Tal vez hoy te encuentres en una zona de estrés. No por rebeldía o por descuido, ni por una mala decisión evidente. Sino porque hay procesos que solo se forman bajo presión.
La victoria no siempre se manifiesta como alivio inmediato. A veces se manifiesta como raíces que se afirman en silencio, en llanto, en soledad.
No todo entorno difícil es señal de abandono. Algunos son el lugar donde Dios decide fortalecer lo que quiere que permanezca.
Jesús no solo está contigo en este terreno. Él ya lo ha vencido.
Haz una pausa. Respira profundo. No intentes resolver nada ahora.
Solo reconoce dónde estás plantado y quién es tu fuente.
Oración
Señor,
no siempre entiendo el terreno en el que me estás formando,
pero hoy decido confiar en que Tú eres la fuente que me sostiene.
Creo que tu amor inagotable me cuida,
y que no estoy solo en este proceso.
Este terreno ya lo has vencido Tú.
Lo simple no es superficial.
Es profundo.
Amén.
